Movimientos sociales en Chile, de Gabriel Salazar. Reseña

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Apenas uno observa el índice del libro Movimientos Sociales en Chile: Trayectoria histórica y proyección política, se da cuenta que no está ante ‘una obra más’ dentro de la prolífica producción de Gabriel Salazar. Este es probablemente uno de los trabajos más complejos realizados por el historiador, comparable en dimensión y alcance la recordada investigación sobre la Violencia Política Popular en las Grandes Alamedas (1990). Es así, en esa perspectiva, un libro grande.

Por otra parte, es una obra historiográfica que busca con la urgencia del presente, entre los signos evidentes de los hechos recientes, el “hilo de Ariadna” para dotar de historicidad aquello que indistintamente Salazar denomina como “bajo pueblo” o “sujeto social”. Esa misión no es menor. Entre tanto interesado en explicar el porqué de los estallidos sociales de 2011, buscando influencias externas de todo tipo (desde el ascenso del piso de expectativas hasta el activismo conspirativo de la izquierda), Salazar propone una explicación “desde abajo y desde dentro”. En ella, para el historiador, la autonomía popular sería una práctica de más de 4 siglos, y que ha generado una historicidad que se hace incompatible con el modo de vida actual, es decir, capitalista, pinochetista y centralista-autoritario. Así las cosas, las luchas sociales vendrían siendo la expresión misma de la irresolubilidad de tales problemas en la imposibilidad del Chile neoliberal. Para Salazar, los Movimientos Sociales son la prueba siempre presente, siempre en autoconstrucción, de la fractura endémica de nuestra sociedad entre algunos pocos ricos y los marginados de su propia humanidad.

El libro es difícil de seguir si se lee como cualquier libro, o sea, desde la primera página hasta la última. La estructura está hecha de tal manera que no se entiende bien sino hasta después de casi 350 páginas leídas. Pero eso tiene una explicación: Gabriel Salazar, según se entiende en los últimos capítulos del libro, buscó producir una teoría general de los movimientos sociales en Chile, y el orden del libro es la reproducción del camino seguido por el historiador para llegar a dicho producto. Podríamos definirlo como un libro que es a la vez el registro y el resultado del laboratorio historiográfico de su autor. Por eso la obra comienza sus páginas con la base material y la infraestructura jurídica, luego revisa a los movimientos sociales que concretamente han existido en Chile (dejando fuera por razones de espacio a los estudiantes, como lo aclara el autor) y finalmente emite una teorización al respecto. No al revés, como suelen ser los libros de ciencias sociales. Es una apuesta, y, aunque cuesta comprenderla en la primera lectura, resulta bien y es consecuente con lo que el mismo Salazar ha predicado. Eso debe reconocerse y sobre todo merece una valoración positiva, en tiempos en que la hiperformalización de la academia deja escaso espacio a la reflexión y a la producción experimental, la única que le permite avanzar en vez de pudrirse.

Al ser una obra que cubre, aproximadamente, cuatro siglos de historia, es difícil poder reseñarla con justicia, y este no será el espacio para intentarlo. De cualquier forma, hay algunas características definitorias en la obra que merecen ser problematizadas brevemente y de eso se ocupará este escrito.

Primero que todo, creemos que en el sesgo del autor existe una lectura mistificante del pasado en conflicto de lo popular. Esta no es una crítica novedosa, otros especialistas ya lo han planteado respecto de otras de sus obras. Según Salazar, el Movimiento Social chileno significó, en distintos momentos de la historia, un “nuevo modo popular de hacer política (…) Por su origen, era el poder derivado de la realización continua de acciones de aprovisionamiento directo (ilegales) para mantener la vida de los marginales (guerrilla de recursos) a costa del sistema dominante. Por su desarrollo, constituyó un ‘saber hacer’ que se fue perfeccionando táctica y culturalmente, lo que aumentó el sentido de la autonomía y la confianza en la capacidad social de hacer ‘lo que debía hacer’ para realizar autointegración al sistema y alcanzar una ‘vida digna’. (…) inevitablemente marcó diferencias con el estilo político tradicional de la izquierda y del movimiento obrero (1936-70) y, con mayor razón, con la institucionalidad impuesta por la Constitución de 1925”. Es decir, para Salazar, la historia de los movimientos sociales en Chile es una historia a contrapelo de la política realmente existente, de su campo específico de contradicción y síntesis.

Si bien es cierto que la política en Chile ha mantenido a enormes contingentes de pueblo fuera de la práctica de la soberanía, es difícil probar que exisitiese “otra soberanía”, en latencia o por “fuera” de la política, que se ha venido fraguando tetracentenáriamente. No parece ser posible probar que, a partir de la evidencia que muestra un Chile construido en base al apartheid político de lo popular -ya sea bajo la marginación colonial, la negación de derechos a las masas del s.XIX, la partidocracia del s.XX o el binominal del presente-, se revele hoy, tras siglos de oscuridad, que en realidad todos aquellos fragmentos dispersos de experiencias de lucha por la integración a los contingentes soberanos del país, son una historicidad común y consciente. Aunque en el libro aparecen bien hilvanados los elementos comunes a la Maloca Mapuche y el saqueo contemporáneo, o la guerrilla de aprovisionamiento y refractaria del estado moderno que algunas franjas populares practicaron en el siglo XIX con las prácticas de supervivencia de la lucha social contra la Dictadura de Pinochet; no aparece por ningún lado el elemento basal de la pretendida autonomía política multicentenaria de lo popular, a saber, la conciencia multicentenaria de su potencial soberano. No parecen haber pruebas históricas de que los elementos antes mencionados estuvieran presentes en la planificación o reflexión sobre el presente que le tocó a cada uno. No se muestran fuentes de, por ejemplo, las tomas de terreno de la segunda mitad del siglo XX en las que se reivindique el maloqueo mapuche o los saqueos de Valparaíso en los albores de ese siglo. Es una historicidad de lo popular, es decir, una conciencia de sus protagonistas del desarrollo temporal de su propia unidad material, que sólo se puede encontrar en el historiador que las ordena y el organizador que las convoca. No es lo mismo demostrar que lo popular ha estado en conflicto histórico con las elites locales, algo cierto y difícil de desmentir, que demostrar que existe una conciencia histórica popular, que atraviesa siglos y órdenes sociales, de ese conflicto. Por lo menos, en este libro es un elemento de debilidad muy notorio, que no era necesario incluirlo en la obra, que permite la acusación de escencialismo que repetidamente cae sobre Gabriel Salazar, cuyas tesis perfectamente son sostenibles sin esa apelación a una historicidad que no es posible de probar.

Por otro lado, siguiendo la senda de su obra de 1990 y en concordancia con la tesis recién presentada, Salazar sostiene implícitamente que habría un abismo entre la autonomía popular y la militancia política que actuó en su nombre. En sus 450 páginas apenas menciona al PC, al PS y algo más al MIR. Dichas ausencias, fruto de la disección entre militancia y lo popular, no se condicen con ningún examen acucioso de la historia de las luchas sociales en cualquier tiempo de Chile, el cual probaría, por el contrario, la fuerte inserción militante, planificada y organizada, en la fundación, organización y dirección de dichos movimientos. Insistir en esa separación, creemos, es artificial. Los Comandos comunales, cordones industriales o Comités de pobladores que cita Salazar como formas de poder popular tuvieron como protagonistas a miles de militantes, los cuales no obedecían a partidos monolíticos que actuaban enajenados de autonomía, sino que eran una parte, una forma, del ser popular. Estaban a medio camino de la autonomía soberana del campo popular y el acoso burócrata de las elites partidarias asimiladas por la institucionalidad. El partido no era un ejército, nunca lo fue, por mucho que así lo deseara la izquierda tradicional. El partido era un espacio, uno específico para la política del tipo que existió en el siglo XX, pero uno más dentro de muchos que convivían en lo popular.

Porque lo popular no es un terreno puro, ajeno, en negación de lo institucional. En realidad, lo probable por la historiografía y las disciplinas auxiliares son los múltiples entrecruces, la  mutua determinación, los periodos de consenso y los de crisis entre pueblo e instituciones. Por lo demás, la historiografía social y política de variado cuño da cuenta de que han tenido enfrentamientos entre una y otra -y otras más- forma y fin del ser pueblo. Esos enfrentamientos no han tenido la forma de delirios discursivos provenientes de una vanguardia pequeña, sino que muchas veces en nuestra historia se han materializado en conflictos organizados, violentos y masivos. En ese recorrido argumentativo crítico, la historiografía crítica encontraría bajo la luz de las pruebas, más comodidad usando el concepto de masas, “así, en plural” a decir de DanielBensaïd, más que el singular algo mistificado de pueblo (o, incluso, Multitud), pero eso es, por ahora, sólo especulación teórica.

Pero a pesar de ello, el libro se sostiene en su tesis. Sigue siendo una obra enorme, de una frescura reflexiva envidiable y punzante. Prueba de ello es que, al igual que enotras obras del autor, Salazar muestra una exquisita crítica, en una siempre excepcional pluma, a las formas y avatares de la dominación. Pareciera ser que cuando Salazar apunta hacia el poder dispara sus mejores tiros. Dos ejemplos, entre muchos posibles, resultan ilustrativos de ello.

Primero, cuando explora con agudeza las formas constitucionales en su relación con lo social, y como ellas adquieren la forma de “Anomias anticívicas”. Son alrededor de cien páginas en que para el premio nacional de historia, “La moraleja es que en este tipo de lógica constituyente, ‘la autoridad’, por ser precisamente auto-privilegiada, puede eventualmente contravenir sus propias leyes, pero la ciudadanía sólo, y tan sólo, debe hacer lo que la Constitución le permite” (p. 86). Para Salazar, esa tendencia antipopular de origen que tienen las Constituciones desde 1833, producen actitudes desde el Estado y las clases dominantes que tienden a dañar, cercenar y mutilar a la ciudadanía que siempre está, porfiadamente, en emergencia.

Un segundo ejemplo se encuentra en las doce páginas que el historiador necesitó para describir el viraje de quienes denominó “Touraine Boys”. De una posición de izquierda, se desplazaron hacia la negación de cualquier potencia política en lo popular. Guillermo Campero, Eugenio Tironi, Eduardo Valenzuela y otros que trabajaron con Salazar en Corporación Sur en los ’80, son acá sindicados como los creadores intelectuales de las tesis de la transición. “la dictadura de Pinochet fue solícitamente asesorada, en la etapa de construcción, por los Friedmann’s Boys, y en la etapa de transición y ‘democratización’ por los Touraine’s Boys. Los primeros, para consolidar el nuevo sistema como ‘mercado’ interno y externo; los segundos, para legitimarlo tardía, teórica y políticamente como ‘sistema’ neoliberal (alias ‘la nueva democracia’)” (p. 57).

En las páginas finales, Salazar propone su respuesta a la difícil pregunta de “¿Qué hacer?”. Para el historiador, los explotados y marginados de todo tipo, en su reflexión interna y cotidiana, “desde abajo y desde dentro”, se politizan. Citando a Engels y reivindicando la organización política del campo popular (una notoria novedad en Salazar), bajo su noción dual de “política” (política I y II, en pp. 226 – 238), indica que “Es él [el proletariado] quien por lógica evolutiva y principio de soberanía, el que se constituye como movimiento (no necesariamente ‘partido’) socio-político revolucionario” (p. 234). Agrega, no queda claro si para reafirmar o negar el ‘mesianismo de lo popular’, que esta situación no será eterna. El proceso de la política rebelde tiene “días D”, “puntos críticos”, o sea, un conflicto definitorio en las correlaciones centrales de fuerza, y reside en el presente: “Cuando llegó el tiempo de saldar cuentas con un sistema que ha impuesto sus reglas a sangre y fuego por doscientos años consecutivos… es preciso salir del closet. Es decir, es preciso desalambrar el lenguaje, abrir los brazos, abrazar todos los vientos, limpiar todas las líneas circulantes de la voz popular, derribar la torre de Babel que usamos como mochila seudo-izquierdista, convocar, convocar, convocar y… deliberar (…) Deliberar es poner a conversar todas las voces” (p. 399).

A modo de conclusión, es posible sintetizar las críticas al libro en una hipótesis distinta, aunque parasitaria de la monumental obra de Salazar

Creemos que de existir una historicidad popular en conflicto permanente, esta tiene características particulares. a) La historicidad reside en los militantes (en plural y en un laxo sentido), es decir, entre quienes asumen el conflicto social general como un llamado colectivo a las armas. A decir de Alain Badiou, “lo que hay en ellos [las masas, en plural] que los separa de lo antiguo”. Es entre los sujetos de carne y hueso que convocan la memoria de las luchas y las proyectan como historia hacia el futuro, donde el hilo conductor entre los tiempos se hace realidad. Esa historicidad está en constante reformulación  porque es dialéctica al presente que la convoca y a las necesidades políticas que la interrogan en busca de respuestas. b) Salazar, aunque él no estaría de acuerdo, es parte de ese grupo, de los militantes, de los ‘conscientes’, de los que necesitan rescatar la historicidad popular en conflicto para poder resistir a la historicidad de la dominación, la que hace vista gorda de la fractura inherente de lo social generada por la desposesión, las voces que claman por la unidad nacional. c) El problema no es tomar partido en la historia, lo cuál cae de maduro cuando se está en la vereda izquierda del mundo, sino en que ese partido, para algún día vencer y no sólo redundar en la epopeya del ‘resistir’, debe poner sus pies en la historia popular concretamente existente. d) Esta historia se forma de momentos de elevada conciencia política de las masas, así como sus miserias humanas y antisociales. Ese cuadro completo, de lo feo y lo bello, lo útil y lo inútil, del en sí y del para sí, como el mismo Salazar reivindicó alguna vez, no debe servir para construir nuevas mistificaciones o lecturas esenciales, sino para reconstruir lo único que define la cambiante geografía de lo popular, su irresoluble conflicto con la dominación elitaria. e) Por tanto, la tesis de Salazar, en lo grueso bien lograda, ganaría peso con una relación histórica que partiese de las nociones y existencias de autonomía y soberanía popular, de su tradición bien  documentada por la historia social. También es vital, para el conocimiento del pasado y para el proyecto de cambio que se reivindica, que se asuma sin ambigüedades, como lo muestran algunos visos en el libro, la importancia de la lucha política real que se ejerció desde lo popular, de probada existencia en el pasado, que produjo instrumentos específicos para ello; instrumentos especializados mas no enajenados, con dedicación pero no con privación.

Todo ello es una síntesis necesaria para comprender las trayectorias de los grupos sociales en los conflictos  emergentes, así como su proyecto histórico latente. Así y todo, en esa tarea, el libro de Gabriel Salazar, como su extensa producción y frescura reflexiva, son uno de los más valiosos aportes con los que contamos, imprescindibles bajo cualquier prisma.

Fuente: Sin permiso

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